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26 de septiembre de 2013

Amantes

Los desnudos, de Fernando Ureña Rib
En sus besos había un fuego que no apagaba el paso del tiempo. Cuando sus miradas se cruzaban, sus ojos se decían secretos que sólo ambos conocían. Caminaban juntos por la vida, a la par, sin tensión, sin dolor, eran compañeros, amigos, amantes. Cuando salían a cenar observaban las parejas en los restaurantes, intuían las más recientes y hacían sus propias apuestas sobre las que no durarían, lo veían en sus ojos, en su forma de tocarse, de mirarse, sabían quienes eran solamente un capricho del momento. 
Se habían conocido en la adolescencia, esa época inconstante en la que un amor puede ser lo más importante del mundo aunque termine en un fin de semana. Ella era más bien poca cosa, tímida, estudiosa y poco popular, ningún chico se fijaba nunca en ella, aunque sus suspiros se hallaban magnetizados en sueños de amor que se quedaban sin cumplir, en un baúl, junto a tantas ilusiones rotas. Él, en cambio, era uno de los chicos malos de la clase, un guaperas que se las llevaba de calle, un poco canalla, le gustaba jugar al seductor, pero no conservaba mucho tiempo a la misma chica. Ella fantaseaba a veces con él, como podría hacerlo con un actor. Él casi ni sabía que ella existía, tenía su imagen desdibujada en el montón de gente sin importancia.
Se volvieron a encontrar ya en la treintena, después de vivir amores amargos, destructivos, dolorosos. Al principio no se reconocieron, no se recordaron en esos ojos endurecidos. Se atrajeron. Se comprendieron. Se enamoraron. 
Llegaron a los cincuenta con la misma ilusión del primer día. En la intimidad del hogar jugaban a explorar los