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31 de enero de 2014

Las otoñales vacaciones de Luna

Fuente: favim.com

El otoño se acercaba, pronto, las hojas de los árboles formarían preciosas alfombras doradas y cobrizas en los suelos campestres, y Luna, esperaba sus merecidas y ansiadas vacaciones. No le gustaba marcharse en verano, cuando todo el mundo parecía huir y la pequeña ciudad en que vivía sustituía sus habituales habitantes por los veraneantes de otros lugares arrastrando sus maletas. Luna disfrutaba con eso, viajaba sin salir de allí, tomaba su libro bajo el brazo y se hacía la encontradiza con esos rostros nuevos, a veces, conocía personas que amaban la lectura igual que ella y conversaban con gestos o palabras, dependiendo del caso. En ocasiones, había hecho amistades que había continuado por carta o, en los últimos años, más bien por mail. Así que Luna, viajaba en verano conociendo otras personas y a través de sus palabras iba a este u otro lugar, cerraba los ojos y se dejaba ir, imaginado como sería la ciudad o pueblo de donde venían. También viajaba a través de sus libros, y con ellos se sentaba en parques y cafeterías esperando con ellos en la mano que acudiera alguna aventura hasta ella. Los libros siempre atraen a gente interesante. Luna era una persona solitaria, no había muchas personas cercanas a ella, personas que siempre estuvieran a su lado, pero en cambio, tampoco había muchas personas que entablaran conversación y amistad tan fácilmente. Así pues era solitaria, pero siempre encontraba con quien mantener una animada charla mientras se tomaba un café, o daba un relajado paseo.
Cuando llegó el otoño, Luna hizo su pesado equipaje, lleno de libros, libretas, ropa de abrigo y botas y se marchó a su lugar habitual de vacaciones, un lugar que nadie más que ella conocía, perdido entre los bosques donde los osos vagaban perezosos y las ardillas saltaban de árbol en árbol. Luna, había heredado una cabaña de madera de su padre que para ella era el mejor de los tesoros. Desde hacía ya diez años, todas sus vacaciones habían sido allí, apartada de todo, con su imaginación, sus libros, sus mágicos paseos por el campo que, para ella, era cuando estaba más hermoso, sintiendo las hojas crujiendo bajo sus botas y mojándose con las leves lluvias que dejaban los prados de color verde esmeralda. Luna siempre decía que prefería viajar con su imaginación, dibujando en su mente todo lo que la gente que había conocido le contaba de su lugar de origen o construyendo las escenas de sus novelas favoritas, no hay nada para ella que pueda superar lo que crea en sus ensoñaciones cuando el retiro y la soledad pueblan su cabeza de mil historias diferentes que traslada a sus hojas de papel.

 Las otoñales vacaciones de Luna es un relato de Patricia Mariño


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23 de enero de 2014

Punto y final



El día 1 de mayo se enteró de que pronto moriría. Cáncer terminal, demasiado extendido para que se pudiera hacer nada. Ella no había ni llorado, se quedó sentada frente a su azorado y joven médico, le miró profundamente mientras le aseguraba que el tiempo que estuviera todavía en pie lo viviría al límite. Se decidió a hacer un largo viaje, sin decir nada a nadie. Se marchó con una ligera maleta. No le gustaban las despedidas. Prefería dejar la vida disfrutando al máximo en un paradisíaco lugar. Tomó los ahorros de su vida y se fue de viaje en un hermoso crucero por el Mediterráneo.
En un soberbio cuaderno de cuero escribió con pasión los años más intensos de su vida. Amores salados en las playas cantábricas, frescos como sus aguas, intensos, placenteros y a fin de cuenta fugaces, sin huellas profundas y por eso menos dolorosos, recuerdos burbujeantes, chispeantes. Habló también de Sergio, con ese pulsante sufrimiento que le provocaba su recuerdo, aquella risa endiabladamente seductora, aquellas manos que le excitaban con sus caricias. Se fue una tarde agosto y no le volvió a ver. Se fue a morir al mar al igual que estaba haciendo ella, sólo que él sólo murió para ella, en el mar de otros labios. Escribió sobre aquel trabajo que amaba en la editorial y que había terminado hace un par de meses por recorte de personal. Y sobre todo vivió… vivió en los brazos de Fernando, de Fabio, de John… y en las playas de Grecia, llorando ante el Partenón, vivió… hasta que un día, amaneció fría en su camarote, y todavía una sonrisa radiante brillaba en su rostro.






Punto y final es un relato de Patricia Mariño

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16 de enero de 2014

Angustia

El timbre del teléfono suena impaciente en la estancia, un tono de espera, un grito de angustia, otro tono de espera, una mano se alarga para cogerlo, otra mano la agarra con dureza, otro tono de espera, una vida se apaga.
Raúl sigue ojeando distraídamente los papeles preparando la reunión de esa mañana, vuelve a mirar la hora, su mujer debería estar en casa, marca el número de teléfono de nuevo, espera, nadie contesta. Sus ojos vuelven a recorrer los gráficos, las palabras, pero su mente no está allí, está inquieto. Intenta tranquilizarse pensando que saldría a hacer algo de compra, a pasear, quién sabe qué. Marca el número de su móvil, el tono de espera se alarga hasta que desparece. El corazón de Raúl empieza a convertirse en una piedra pesada, le duele, le quema. Se levanta, recorre el despacho. Maldita reunión. Se sienta, mira la fotografía de su esposa, con su mirada tan limpia y hermosa. Se levanta de nuevo y toma la chaqueta.
-Raquel, tengo que salir un momento.
-Señor, le recuerdo que en una hora y media tiene la reunión con los japoneses.
-Lo sé, volveré antes.-Se detiene un momento. Y si no consigo volver haz lo posible por cancelarla.
Sale rápidamente del edificio, se sube a su coche. El pedal del acelerador cede suavemente ante la presión insistente de Raúl. Va muy rápido. No le importa. Cada vez siente más angustia. Cuando llega a casa ve el coche de su mujer aparcado. Sube corriendo las escaleras. Abre la puerta impetuosamente. Ve un desorden que le deja helado. Signos de lucha. Objetos caídos. Se dirige al salón. Ve los pies de María asomando por detrás del sofá. Se acerca corriendo, con un nudo en la garganta. María yace tumbada boca arriba, con el rostro azulado, los ojos muy abiertos, la boca en una “O” perfecta, una marca morada en el cuello, sus manos en garra. Raúl se derrumba y llora. No entiende nada. ¿Quién?. ¿Por qué?. Se serena un instante y toma el teléfono, a los dos tonos responden en la comisaría de policía. Cuando les explica lo ocurrido su voz parece metálica, impersonal. Se sienta en el sofá con la mente vacía a esperar.

Angustia es un relato de Patricia Mariño.


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9 de enero de 2014

Askhyl



 -No te preocupes Jade, a mí esas cosas no me importan.
-Sabes que no puedes engañarme Askhyl, te conozco desde que salí de mi huevo y eras una niña. Además de maga eres humana, y sé que te sientes muy sola.
-Tonterías, te tengo a ti.
-Pero no es lo mismo, soy un dragón y aunque te quiero hay demasiadas cosas que no te puedo dar.
- No importa, no las necesito.
Askhyl era una necromaga del ejército de Mhal, para ser más exactos la única necromaga que existía y que había existido. Hacía quince años, cuando era una niña de cinco, había sido poseída por el espíritu de la necromagia. Nunca antes había sucedido.
La magia era la que elegía al individuo que debía usarla y dominarla, siempre seleccionaba a niños de entre cinco y ocho años, nadie sabía en que se basaban las distintas disciplinas mágicas para escoger a uno o a otro, pero una vez el niño había sido poseído debía de partir para ser instruido en el Palacio de los Magos. Era el mayor honor que podía ocurrirle a una familia, pues enseguida conseguían una mejor posición social y mucha riqueza. Los magos una vez había acabado su formación pasaba a engrosar las filas del ejército.
Askhyl había sido una extraña excepción en la elección de la magia, pues siempre habían sido elegidos solamente los muchachos. Además la necromagia solamente elegía una vez cada cincuenta años, con lo cual los necromagos eran muy escasos. Así pues, Askhyl era doblemente especial.
Un día de verano, cuando era pequeña y jugaba en el jardín, empezó a tener unos horribles espasmos, chillaba y lloraba. Sus padres estaban muy asustados, la miraban angustiados sin saber qué hacer, en ese instante, su bonita melena negra perdió todo su color volviéndose blanca y la palma de la mano derecha empezó a arder y en ella apareció escrita la runa de la necromagia. Sus padres quedaron asombrados. Todo el mundo estaba conmocionado, había ocurrido lo nunca visto. La única función de las mujeres era casarse y traer hijos al mundo y ahora había una necromaga, nada más y nada menos. Se llevaron a la pequeña al Castillo y empezaron su instrucción, pero antes de eso fueron con ella al valle de los dragones, pues allí debía ser elegida por su dragón. Todo mago tenía uno como compañero, era su otra mitad. En cuánto el mago ponía un pie en el valle, un dragón rompía el cascarón de su huevo y volaba torpemente al encuentro de su hermano humano. Jade así hizo y desde aquel día eran inseparables.
Askhyl siempre fue temida por todos, la respetaban, pero no querían tener mucho trato con ella. Se quedó huérfana a los ocho años y ahora estaba sola en el mundo. Las mujeres la veían como a alguien extraño con quien no tenían nada en común, sentían lástima de ella y de su prematuro pelo blanco, se apartaban siempre que la veían. Los hombres la temían, era una mujer con el poder de revertir la muerte en su mano y además hacer que quien resucitase siguiera ciegamente sus órdenes. Sea como fuere, Askhyl siempre estaba sin compañía humana. Salía a volar a lomos de Jade, nadaba en el lago, practicaba su magia,…
Cuando murió el rey de Sherm se desató una guerra, puesto que había dos posibles herederos, el hermano pequeño del rey, que se llamaba Xot, y su hijo primogénito que todavía no había llegado a la mayoría de edad, que se llamaba Mhal.
Xot se granjeó la fidelidad de los mejores guerreros y los magos más valiosos y formó su ejército. En cambio, a pesar de que los necromagos eran de los más prestigiosos, decidió no llevarse a Askhyl, hasta tal punto la repudiaba por ser mujer, y así fue como pasó a formar parte del ejército de Mhal.
En el tiempo que llevaban de guerra había hecho tomar una clara ventaja a Mhal, pues su ejército había aumentado considerablemente con tropas de guerreros resucitados. Pero aún así, todo el mundo renegaba de ella.
Un día, unos soldados se encontraban charlando animadamente alrededor del fuego, Oreh, presumía delante de sus compañeros de todas sus conquistas. Oreh era el soldado más apuesto del ejército de Mhal, tenía el cuerpo musculado, sus cabellos eran ondulados y negros y sus ojos verdes como la hierba en primavera. Todas las muchachas se morían por bailar con él, y según decía acababa probando los encantos de alguna de ellas todas las noches. Sus compañeros envidiosos se reían de él.
-Oreh, ya que eres tan irresistible te propongo un reto.- Dijo uno de ellos.
-Lo que quieras, estoy seguro de que lo lograré.
-Tienes que seducirla a ella…-Su dedo señaló a Askhyl que estaba cenando sola junto a una pequeña hoguera.
Oreh trató de reprimir un escalofrío mientras la miraba fijamente. Nunca la había visto como a una mujer, ni como a un mago, ni como a nada. A pesar de cumplir bien su trabajo era algo antinatural, que no debía de existir. La miró fijamente parándose a contemplar su rostro. La verdad es que tenía una bonita y dulce cara. El uniforme del ejército se ajustaba a su cuerpo insinuando unas curvas sugerentes. Seguro que nunca había estado con un hombre. Se preguntaba si podía sentir placer como mujer, le gustaría averiguarlo. Sí, la verdad es que era un excitante reto. Las otras mujeres eran piezas fáciles de conseguir, pero ella… Seguro que le reportaba más satisfacción.
-Acepto.- Dijo entrecerrando los ojos.- Ella será mía.
 Cuando Askhyl despertó aquella mañana, no tenía ni idea de que sus pasos iban a ser muy vigilados por primera vez en su vida adulta. Oreh, como buen guerrero ideó una estrategia para acercarse a ella y conquistarla. Primero debía conocerla, saber sus costumbres, familiarizarse con su vida.
La siguió cuando fue a nadar al lago, observó su bonito cuerpo desnudo antes de lanzarse al agua, se quedó acechando entre la maleza como un cazador con su presa, cuando salió del agua miró embelesado su cuerpo brillante de gotas de agua. Después volvieron al campamento, observó como desayunaba solitaria, pero muy digna. Al acabar el desayuno fue a visitar a su ejército de resucitados, estaban en un campamento aparte ya que los demás guerreros no querían compartir el suyo con los muertos. Todos la rodearon y Askhyl, les contó historias de batallas, enseñándoles como debían actuar. Oreh escuchaba asombrado, se dio cuenta de lo inteligente que era. Pero, lo que Oreh no sabía, es que Askhyl simplemente iba a hablarles para tener algún contacto humano, a pesar de ser un triste consuelo, pues los resucitados no eran más que cuerpos vacíos animados por la necromagia que ella les insuflaba, por eso obedecían sus órdenes, pero no eran capaces de entender nada de lo que ella les decía. Oreh se fue satisfecho a hacer sus quehaceres y no vio como Askhyl lloraba de impotencia y soledad al marcharse de allí.
Todos los días dedicaba unas horas a observarla. Un día, Askhyl estaba acariciando y hablando con Jade, el dragón lo sorprendió mirando y se lo dijo divertido entre dientes. Ella se volvió a mirarlo y sus ojos se encontraron.
-¿Qué quieres?.-Le dijo Askhyl muy seria.
-Quería decirte que eres muy hermosa.- Oreh puso su mejor sonrisa y su pose más seductora.
Askhyl frunció el ceño y le miró con desprecio, se marchó indignada preguntándose qué nueva burla planeaban contra ella.
Oreh se quedó asombrado, ninguna mujer había reaccionado así a sus palabras.
El tiempo seguía pasando, las batallas se sucedían una tras otra, el ejército de Mhal estaba consiguiendo que el ejército de Xot fuera retrocediendo a las fronteras del reino, la mayor parte del éxito, era gracias al escuadrón de resucitados liderado por Askhyl. Pero aún así, nadie reconocía su valía, lo único que hacían era burlarse llamándola la Reina de los Muertos.
-¿Qué Oreh, no eres capaz de conquistar a la Reina de los Muertos?
- A lo mejor si lo matamos le presta más atención.
Todos reían, pero Oreh ya no podía reír con esas bromas, se sentía indignado, le gustaría golpearles por no darse cuenta de su valía.
Se marchó de allí enfadado. Se internó en el bosque para reflexionar sobre esos sentimientos tan intensos que estallaban dentro de él. Entonces la escuchó cantar una bella y triste melodía sobre la soledad y el rechazo. Oreh estaba conmovido, siguió su voz y la encontró sentada bajo un árbol en un pequeño claro. Las lágrimas resbalaban por su rostro. Cuando levantó la vista y le vio, se levantó rápidamente e iba a echarse a correr, pero Oreh la retuvo y la abrazó desde atrás.
-Askhyl, escucha, escúchame, por favor. No te resistas. Es cierto que no me hubiera fijado en ti si mis compañeros no me hubieran retado a conquistarte, seguro que sospechabas que tras mis atenciones había un truco, y cierto lo había.- Askhyl se puso a forcejear intentando soltarse.- Pero, después de observarte cada día, de ver como vives, lo que haces, como eres… creo que vales muchísimo, me pareces tan hermosa, tan inteligente y valiente. No puedo dejar de pensar en ti, no he vuelto a estar con ninguna otra mujer, ya ninguna me gusta, sólo te veo a ti. Déjate querer Askhyl, yo calmaré tu soledad, yo te daré todo el amor que necesitas.
Askhyl se puso a tironear hasta soltarse, se dio la vuelta y le miró con odio.
-¡Mientes!, y yo no necesito nada de ti.
Askhyl se escabulló como un animalillo asustado y Oreh se quedó solo, desconcertado y triste, nunca había ansiado tanto estrechar a una mujer entre sus brazos, y ella los había dejado vacíos volcando todo su odio y desprecio sobre él
Los días siguientes Oreh, caminaba taciturno por el campamento, miraba a Askhyl desde la distancia y cuando sus miradas se encontraban, ella solamente manifestaba repugnancia. Sus compañeros se percataron de la situación y se mofaban de él.
-¿Acaso has caído a los pies de la Reina de los Muertos?¿No ves que has de estar muerto para que quiera estar contigo?
Oreh no aguantó más y se enzarzó en una pelea ante los atónitos ojos de Askhyl, que empezó a preguntarse si su admiración sería sincera.
A la mañana siguiente, el ejército se puso en pie para una decisiva batalla, si vencían harían retroceder al ejército de Xot fuera de las fronteras y la victoria sería suya. Dado la dificultad del terreno, Askhyl debía de ir caminando con su escuadrón, no podía montar a Jade. Se colocó en la retaguardia y desde allí marchó con ellos, concentrada para dirigir su formación. Oreh, se las arregló para estar en la posición más cercana posible a la de su amada.
Marchaban orgullosos, contentos, seguros, saboreando la victoria que pronto llegaría. Lo que no sabían, es que el ejército de Xot había cambiado de estrategia, el mago de la oscuridad se envolvió en una de sus sombras y, recorriendo el escuadrón resucitado encontró a Askhyl en la retaguardia, sabían que ese día ella no montaría su dragón al igual que ellos. El mago tomó forma corpórea para aplicar su hechizo mortal, y Oreh, que no dejaba de velar por el bienestar de su Askhyl, al ver al mago se precipitó para interponerse entre ellos. Cayó al suelo fulminado y Askhyl al darse cuenta ordenó a varios de sus guerreros que rodearan al mago y lo mataran con sus espadas de muerte.
Askhyl se arrodilló y cogió a Oreh entre sus brazos, estaba muerto, las lágrimas brotaron y bañaron su rostro, había muerto por ella y nunca le había creído.
Sabía cual era el procedimiento a seguir, pero no pudo hacerlo, no pudo convertir a Oreh en una de las cáscaras vacías integrantes del ejército de los resucitados. Le besó en la frente y lo depositó en el suelo. Con el corazón deshecho siguió dirigiendo a sus soldados sintiéndose más sola y desgraciada que nunca.



Askhyl es un relato de Patricia Mariño.


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19 de diciembre de 2013

El cuento de la niña vacía

Manzana roja madura

Era un día de primavera. Nadia corría por el campo que estaba lleno de margaritas, riéndose por nada como sólo pueden hacer los niños. Nadia tenía ocho años, el pelo negro azabache, los ojos castaños y la piel blanca que se sonrosaba con facilidad. Ahora mismo tras la carrera su piel lucía un saludable color rojo en sus mejillas, notaba la brisa todavía fresca en la cara. Saltaba, reía, gritaba. Miró a su alrededor y vio que todos trabajaban en los campos sin prestarle atención. Entonces, Nadia se internó en el bosque que franqueaba aquel inmenso mar de hierba. Llevaba una hermosa manzana roja en uno de los bolsillos de su vestido azul. La sacó y se puso a mordisquearla mientras paseaba silenciosa entre los árboles. De repente oyó cerca de ella un sonoro graznido, con el susto la manzana se cayó de sus manos. Alzó la vista hacia el árbol que tenía a su lado y vio un cuervo, su plumaje tenía destellos azul oscuro, la miró de lado mientras soltaba otro graznido, Nadia se estremeció. Miró el suelo buscando su manzana, la buscó y buscó y no fue capaz de encontrarla. Súbitamente oyó un gruñido, bajo, espeluznante, y delante de ella apareció un animal muy extraño, estaba cubierto de un espeso pelaje negro, su cabeza tenía un hocico chato, unos enormes ojos de color aguamarina y sus orejas eran puntiagudas. Su cuerpo era enorme, pero estaba acuclillado, si se erguía en sus dos patas traseras, que parecían más fuertes que las delanteras mediría dos metros. En un instante se encontró rodeada por cuatro de estos extraños y enormes animales. Nadia se quedó sin voz. No podía gritar. No podía llorar. Uno de ellos que tenía una estrella blanca en el pelaje de su cuerpo, se acercó y con una de sus patas delanteras le tocó el rostro. La niña se desvaneció en ese instante y él la tomó en sus brazos. Las cuatro bestias anduvieron por el bosque y se colaron por un agujero profundo excavado en la tierra, alejando a la pobre de la niña de las caricias del sol. 


Rosalía se había quedado sin risa, se había esfumado un hermoso día de primavera de hacía dos años. Ella era la madre de Nadia, había desaparecido sin que se hubieran dado cuenta y por más que la buscaron por todos los rincones del pueblo no pudieron encontrarla, ni los vecinos, ni la policía, nadie. Rosalía todavía era muy joven, la gente la animaba a que tuviera otro hijo, pero ella cerraba sus oídos y se negaba a oírlo, todavía esperaba que un día su niña apareciese corriendo y se refugiara en sus brazos.

En las profundidades en un reino donde no existía la luz de sol se encontraba Nadia, había olvidado que había nacido en un lugar lleno de luz, donde la naturaleza era exuberante, los pájaros cantaban felices y se había olvidado incluso del rostro de su madre. Vivía en un enorme y frío castillo de tierra y roca, con la cruel y oscura reina de las tinieblas, que había llorado lágrimas de hielo durante siglos deseando una hija. Un buen día, vio la sonrisa de Nadia en su esfera maldita y mandó a sus súbditos a encontrarla. Pero ahora la niña había olvidado hasta reír y la reina solo tenía una hija vacía. El único amigo que tenía Nadia era Nyle, el extraño animal que había cargado con ella desde la superficie y que guardaba todos sus recuerdos en su cerebro, él también la quería y sufría viéndola así, casi inerte, teniendo en su cabeza la imagen de una niña desbordante de alegría, juguetona y llena de vida.

Cansada de esa niña triste la reina oscura decide que la maten, no le sirve así y devolverle la memoria sería infructuoso, pues estaría todo el día llorando, infeliz. Así pues, llama a Sorih uno de sus súbditos y le dice que se la lleve, la mate y deje su cuerpo en la superficie para que sus padres la lloren a gusto. Sorih toma a la niña en brazos y se aleja del castillo, con la mirada clavada en su rostro, la niña, hacía preguntas silenciosas que no tenían respuesta. Cuando Nyle se enteró de las intenciones de la reina, corrió como nunca lo había hecho, y en cuánto se encontró con Sorih, le suplicó, le amenazó, gritó con su voz sin sonido, le arrebató a la niña y huyó corriendo. Nadia se abrazó fuertemente a su cuello y se dejó ir, se sentía a salvo con él y sabía que nunca le haría daño.

Rosalía trabajaba la huerta de su casa cuando oyó un estruendo atroz, disparos, voces, gritos y sollozos. Fue corriendo hasta el bosque y allí encontró a su marido Juan, había salido de caza y llevaba una escopeta , en el suelo se encontraba una horrible bestia muerta a la que se abrazaba su hija. Su hija, su pequeña hija había aparecido. Cuando se intentó acercar a ella Juan la agarró por el hombro y negó con la cabeza. Rosalía le preguntó con la mirada y él le contó que no les recordaba.

Nyle se había ido de este mundo sin darle tiempo a devolverle sus recuerdos. Nadia volvió a vivir con sus padres, pero hueca, vacía y sin amarlos jamás.




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12 de diciembre de 2013

Atracción escondida

Fotograma de la película Casino Royale (2006)

Lidia estaba en su casa arreglándose con esmero, estaba maquillando sus enormes ojos avellana, resaltándolos todavía más, mientras su mano temblaba ligeramente. Estaba pensando en Aarón. Esa noche se encontrarían en el bar, como todos los sábados por la noche, y cada vez la impaciencia se apoderaba más y más de su cuerpo. No podía resistir esa proximidad sin acariciar su rostro, sin poder mirarle a los ojos y besar sus labios, era un martirio esconder sus sentimientos bajo una capa de cordial amistad.
Al llegar la hora de encontrarse Lidia estaba tan agitada que reía nerviosamente, su amiga Iria, apretaba su mano para que se tranquilizara. Aarón la saludó con un par de besos que ella desearía que duraran toda la vida y después se retiró rápidamente. Sus miradas se encontraban mientras todos charlaban, pero Aarón acababa rehuyéndolas y Lidia se agitaba interiormente, sufría, no sabía interpretar las señales que él le mandaba.
Cuando Aarón se levantó y salió a la calle a fumar un cigarro, Lidia se removió inquieta en el asiento, unos minutos después también se levantó y dijo que necesitaba tomar el aire. Todos permanecieron ajenos a la decisión que acaban de tomar, menos su amiga Iria, que la miró con sorpresa.
Lidia se situó al lado de Aarón fingiéndose acalorada e intentó mantener una conversación con él, se sentía absurda, insegura, ansiaba rozar con sus manos alguna parte del cuerpo que anhelaba. Clavó sus ojos en los de Aarón y se quedaron así un instante, mientras los ruidos estallaban a su alrededor en su interior se hizo el silencio. Sus rostros se acercaron lentamente y sus labios se rozaron provocando un chispazo de deseo, de hambre voraz, se derritieron uno en los brazos del otro mientras la realidad se desdibujaba y todo el mundo dejaba de existir. Cuando se separaron se rieron avergonzados, felices, radiantes. Sabían que habían traspasado por fin la línea más incómoda, la línea que separaba sus cuerpos.



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5 de diciembre de 2013

Cierre por crisis




Me quedo aquí, mirando el que antiguamente era mi bar, el que tuve que acabar cerrando mientras los ricos son cada vez más ricos, y nosotros cada vez nos hundimos más. No puedo evitar sentir el frío hiriente de las lágrimas en mis ojos cuando paso por delante y veo el cartel de “SE TRASPASA”.
Mi vida se construyó en ese local, lo abrimos mi esposa y yo recién casados. Nuestros hijos crecieron entre los clientes que les daban carantoñas y les regalaban caramelos. He sido testigo de los momentos más alegres y los más trágicos. Relaciones que empezaban llenas de ilusión, parejas que se acariciaban con los ojos. He presenciado roturas, sorprendiendo lágrimas de tristeza y marchándome de las mesas con la indiscreción abrazada a mi espalda. He celebrado victorias futbolísticas cantando y rumiado la frustración ante noticias de catástrofes y atentados. He sido el paño de lágrimas ante una copa de vino y he tenido que intervenir en miles de peleas. He sido parte del pulso de la vida en este barrio y ahora me han apartado de un manotazo. No sé vivir de otra manera, no sé qué hacer con mi tiempo, con mis noches. Nadie quiere ya contratar a un cincuentón que se ha dedicado a servir con alegría las sobremesas diarias. Tenía que haberlo visto venir, primero fueron las quejas, el alcohol consumido para ahogar las penas, las empresas que despedían personal, que cerraban, los bolsillos que se vaciaban y que no podían permitirse un lujo como la distracción.
Aquí estoy, mirándolo como cada día desde un banco, viviendo de mis recuerdos y esperando mi ocaso. “Una monedita por favor” me pide un muchacho andrajoso.-”Anda toma y vete, es la última que me queda en mi famélico bolsillo”.



Cierre por crisis
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28 de noviembre de 2013

Lo quiero ya

La niña del Exorcista
Es una fría tarde de invierno. La gente camina deprisa por la calle enfundada en gruesos abrigos. Nubes de vaho rompen el aire. Incluso el sonido parece haberse congelado, los ruidos se oyen más distantes y menos fuertes. Una chiquilla salta a la pata coja cantando una canción infantil y su voz aguda se impone al resto de transeúntes.
De pronto, la tierra se pone a temblar, la gente se tambalea confusa y asustada, los chillidos histéricos se unen al sonido inquietante de las ventanas tintineando.
Al lado de la tienda de mascotas hay una niña impasible, mira la escena con frialdad, la dulzura de sus rasgos infantiles contrasta con la dureza de sus ojos. Sus padres están a su lado aterrorizados, vencidos, cansados.
-Está bien Sandra, déjalo ya por favor, te compraremos el cachorro que deseas.
La tierra deja de temblar y Sandra tiende la pequeña mano hacia sus padres, juntos entran y le compran un precioso perrito de color blanco. La niña se empeña en llevarlo en brazos y sus padres sin fuerzas para llevarle la contraria se lo consienten. El pobre anilmalillo tiembla y se retuerce asustado y Sandra para que se esté quieto le aprieta fuerte.
Sandra se encuentra en su habitación. Está repleta de juguetes de todo tipo y tamaño. Algunos se hayan desperdigados por el suelo. Hay peluches a los que le sale el relleno por alguna abertura, muñecos sin algún brazo o pierna o incluso sin cabeza, casas de muñecas rotas, y un largo etcétera. La desolación puebla el gran cuarto. Sandrá está sentada sobre sus piernas y su mirada se clava en algo, pronto vemos de qué se trata, es el pequeño cachorro, tumbado, tieso y con sangre que asoma por sus orejas, su boca, sus ojos. La madre de Sandra pasa por junto a la puerta abierta de la habitación y observa asombrada la escena.
-Mamá, no quería jugar conmigo.-Dice Sandra muy seria.
Su madre se marcha apresuradamente, asqueada y al borde de la histeria. Se encierra en su habitación y se echa a llorar. Recuerda el embarazo, los horribles dolores que tenía cuando no satisfacía sus antojos. Era un dolor profundo, lacerante que invadía cada centímetro de su cuerpo y nadie podía explicar, su médico la miraba de forma extraña cuando se lo explicaba, su marido decía que exageraba, que no se comportara como una niña, creyó que se estaba volviendo loca.
Cuando nació Sandra y se la entregaron para que la sujetara en brazos notó que algo no iba bien, había algo extraño y malo en su mirada, y empezó a temerla y a rechazarla. Muchas veces la llamaron mala madre, pero es que ella no sabía que era ser que había traído al mundo. Cuando le daba el pecho le succionaba tan fuerte que le hería y se alimentaba de su leche sanguinolenta.
En cuanto fue creciendo, manifestó unas habilidades mentales maléficas, tenía poderes telequinéticos que siempre usaba con los peores fines. Nunca se podían negar a nada de lo que les pidiera o sabían que provocaría alguna catástrofe. ¿Cómo habían engedrado a esa niña?. Cuando dormía parecía un angelito, sus rasgos eran bellos y dulces, pero dentro estaba dominada por el mal.
Es de noche, Sandra agotada se ha dormido en el suelo de su cuarto, su cabeza reposa al lado del cachorro muerto. Su cabello está rojizo, teñido con la sangre del perrito. Su madre la observa desde el vano de la puerta con el corazón cansado y el alma rota, sus ojos están rojos de tanto llorar. Está agotada, no puede vivir así, esa niña no puede ser suya, tiene que ser hija de un demonio que se está burlando de ellos. No puede seguir así, no le quedan más fuerzas para luchar, para esperar que cambie. Así que se dirige a la cama de la pequeña, coge su almohada y, poniéndola sobre su cabecita aprieta fuerte asfixiándola mientras duerme.


Lo quiero ya es un relato de Patricia Mariño.

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23 de noviembre de 2013

Los asesinatos de Nocturna

Luna de Nocturna
Hubo dos extraños acontecimientos en la pequeña ciudad de Nocturna que nadie relacionó.
El primero se trataba de una serie de macabros asesinatos de mujeres, sobre todo de prostitutas, que aparecían con una herida en el cuello y totalmente desangradas.
El segundo era la aparición en la noches de la ciudad de un curioso personaje como salido de otra época, lucía una larga y poblada melena ondulada y oscura, su rostro era pálido, con ojos negros, nariz rectilínea y boca pequeña. Solía vestir trajes con levita y acomodar sobre su cabeza un sombrero de copa. Sus modales eran exquisitos, la gente sólo veía en él un enamorado de otros tiempos, nunca entraba en las provocaciones de quienes intentaban mofarse de él y era todo tranquilidad y educación.
Los lectores probablemente estén imaginando que dicho personaje sea un vampiro, pero en esto están parcialmente equivocados. Enrique, que así se llama, es un joven que se ha perdido en sus propia imaginación, hace unos años que se ha convencido a sí mismo de que es un demonio de la noche. Durante el día no sale de la oscuridad de su casa, por la noche se pone uno de sus trajes, propiedad de sus antepasados y sale a vagar por la ciudad. No le gusta la violencia, y sólo la usa a la hora de alimentarse. Su alimento predilecto son las mujeres que se venden por considerarlas despreciables y poco útiles para la humanidad, algunas se venden por dinero y otras por copas, regalos, cenas, droga, … A todas ellas seduce con facilidad, sienten curiosidad y además imaginan que es un hombre rico con gustos estrafalarios. Su forma de darles muerte, ya que carece de unos colmillos afilados y sería dificultoso y atroz, es una pequeña daga afilada que lleva atada y escondida en su muñeca.
Sus noches son rutinarias y solitarias, desprecia a los hombres, desprecia a las mujeres, nadie le interesa, se siente al borde de una caída más profunda en la locura, una caída peligrosa.
Una noche, después de alimentarse, paseaba por un parque solitario, la luna estaba muy hermosa, parecía casi rojiza y estaba llena. De repente se detiene en su paseo al ver una muchacha sentada en un banco. Es una pobre indigente, se acerca más y queda perturbado por una belleza pura y extraña. Su mirada no se dirige a ningún punto en concreto, parece tan desvalida, tan frágil, tan inocente,… Se acerca a ella, se sienta a su lado, y ella se gira pero sin enfocar su mirada en él, echa los brazos hacia delante mientras susurra:
-¿Quien está ahí?
Enrique queda asombrado, la pobre chiquilla, es ciega. La mira atentamente, cada vez su corazón está más conmovido, sueña con abrazarla.
-Me llamo Enrique y no tienes nada que temer. Conmigo estás a salvo, nada te pasará.
Su voz es tan suave y dulce que ella se queda tranquila y deja que sostenga su mano con toda naturalidad.
-Mañana volveré y te haré un regalo.
-No necesito nada señor, si me acompaña y me protege es suficiente. Me siento muy sola.
Enrique cada vez está más conmovido. La besa en la mejilla y desaparece en la noche.
Durante todo el día siguiente, tumbado en la oscuridad de su cuarto, Enrique no puede dejar de pensar en la chiquilla. Que distinta sería su vida con alguien así a su lado. Se pone a pensar que lo más adecuado será convertirla para que comparta su vida con él. Quizá incluso con el poder de su sangre le devuelva la vista, ese sería el regalo perfecto.
Cuando llega la noche, Enrique se acicala como siempre y sale a buscar alimento, no puede hacer una conversión hambriento o la desangraría. Será su última caza en solitario, después tendrá una aprendiz que siga sus pasos.
Cuando termina su cacería se aproxima impaciente al banco de la noche anterior, y allí está ella, tan frágil y hermosa.
-Hola ya estoy aquí, soy Enrique.
La joven sonríe.
-Gracias por venir.
Enrique la toma de la mano.
-Te voy a hacer el mayor regalo que nadie podría hacerte, te devolveré la vista.
-¿Y cómo podrías hacer algo así?
- Tú sólo confía en mí.
Enrique saca su daga y practica una incisión en su cuello, luego aplica su boca y empieza a beber. La muchacha no entiende nada y está asustada, pero calla porque él le dijo que confiara en él. Aún así llora en silencio. Después de beber, Enrique hace una incisión en su propia muñeca y se la da a ella.
-Bebe, confía en mí.
Ella comienza a beber y nota el sabor de la sangre.
-No, no quiero.
Enrique aplica su boca a su muñeca y la llena de su propia sangre y después besando a la muchacha introduce la sangre en su boca.
Amanece en la ciudad de Nocturna, y enseguida se empieza a pasar la buena nueva de boca en boca, ha aparecido el asesino, estaba muerto y desangrado al lado de una de sus víctimas. Y por curioso que parezca es aquel joven pacífico y estrafalario que parecía tan inofensivo. Fueron encontrados por un ciudadano que salió a hacer footing temprano y cuentan que quedó extrañado por la forma en la que los dos cuerpos se hallaban abrazados, impropio de un asesino y su víctima.


Los asesinatos de Nocturna es un relato de Patricia Mariño.


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14 de noviembre de 2013

Frío olvido

Anciano retratado en blanco y negro
Una lágrima díscola se escapaba de sus ojos cada vez que pensaba en su padre. Aquel hombre que siempre había sido fuerte, que siempre había tenido una mente tan vivaz, ahora se encontraba cada vez más apagado, perdido en la oscuridad del olvido. La dureza del paso de los años se había empeñado en ir destruyendo una mente brillante y tornando a su familia adorada en temibles desconocidos.
Esa tarde, Raquel, después de un recuerdo afilado y doloroso de los ojos vacíos de su padre, decidió ir a verlo, aunque no la reconociera, aunque se enfureciera, aunque al final tuviera que irse con el corazón desgarrado. Deseaba tomar su mano entre las suyas, acariciar las arrugas  de su rostro y apurar los últimos días que podrían quedarle haciéndole compañía, intentar contarle cuentos de la niña de sus ojos.
-Papá, cuando Raquel tenía doce años la llevaste por primera vez a ver el mar. Al ver esa inmensidad azul cobalto revolviéndose furiosa se asustó. Y tú, la tomaste en tus fuertes brazos y te introdujiste con ella en la espuma blanca de las olas, caminando hasta que el agua te llegó ala cintura. Después la pusiste despacio dentro del agua sin dejar de abrazarla mientras ella no paraba de gritar por el frío y el miedo, en cambio tú te reíste,  tan alto que sus gritos se convirtieron en carcajadas sin apenas darse cuenta.
Un brillo apareció de repente en sus pupilas y fijó sus ojos en el rostro de Raquel asintiendo.
-Y cuando Raquel tenía dieciséis años bailaste con ella en la fiesta, aunque a ella le daba muchísima vergüenza que todos sus amigos y amigas la vieran con el carroza de su padre. Tú, la tomaste entre tus brazos y pusiste sus pies sobre los tuyos bailando como si ella fuera una cría, llenando su pelo de besos. Aquel día se enfadó contigo por la  humillación que sentía, hoy es uno de los recuerdos más hermosos que guarda en su corazón.-la voz de Raquel empezó a temblar, no pudo aguantar más y besando la frente de su padre se fue.
-Raquel…-musitó él.
Pero ella ya se había ido, no pudo oír el reconocimiento de su padre




Frió olvido es un relato de Patricia Mariño.


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7 de noviembre de 2013

Amor canino

Una monada de perro
Tenía los ojos derretidos de sueño. Sus manos prodigaban caricias aceradas y marchitas. Su perro se encogía con cada una de ellas lamentando la brusquedad de su ama, parecía preguntarse “¿qué puede pasarle?”.
De pronto se levantó. Se dirigió hacia el teléfono y marcó un número con decisión. Pasó un tiempo hablando mientras unos ojos caninos llenos de devoción y dulzura observaban cada uno de sus movimientos.
-Pero, ¿por qué?.-e irrumpió en profundos sollozos.
En un visto y no visto ya estaba detrás de su dueña, lamiendo sus pantorrillas e intentando consolarla. Ella abrumada y deshecha colgó el teléfono. Se sentó despacio en el suelo y abrazó a su fiel amigo. Permaneció largo rato con su cara enterrada en su tibio y suave pelo. Los dos quietos y en silencio unidos en la pena y la tristeza.
-Ojalá él me quisiera la mitad de lo que tú me quieres.-le dijo sujetando su cabeza y mirando fijamente a sus limpios y sinceros ojos.
Él dejó escapar un gimoteo lastimero y lamió su cara, secando sus lágrimas y afanándose para consolarla. Después se fue corriendo. Ella se quedó mirando extrañada hasta que le vio aparecer con su correa en la boca. Se la entregó y se dirigió a la puerta, mirando cada momento hacia atrás para verificar si le estaba siguiendo. Parecía quererle decir: “Olvídale. Salgamos a pasear. A correr por el parque. Mientras el viento te da en la cara y se lleva los recuerdos dolorosos”.

Amor canino es un relato de Patricia Mariño.

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31 de octubre de 2013

Siempre mía


"Unos cuantos piquetitos".-Frida Khalo.
 Qué embriagadora la sensación de separar la cabeza de tu cuerpo. La cojo y te miro a los ojos ¿Estás contenta?. Hubiera sido más fácil que te quedaras quietecita y fueras feliz a mi lado, pero no, tenías otros planes. Ahora puedo besar tus labios todavía tibios sin protestas. Qué hermosos tus ojos aún sin la luz de la vida. Eras todo para mí. Y quisiste dejarme. Volar. ¡Quédate conmigo, querida!.Me resulta curioso el ruido que hace una cabeza al caer. Un sonido fascinante. Hermoso el efecto de las salpicaduras de sangre. Necesito hacerlo. Ver de nuevo tu piel. Rasgo tu jersey con un cuchillo. Tus pechos tan suaves. Los acaricio con delicadeza. Como si fueses a dar un respingo si te hiciera daño. El calor va abandonando tu cuerpo. Quiero ver dentro de ti. Deslizo el cuchillo por tu piel, retirándola, despellejándote con mimo. Es fascinante. Sangre. Rojo. Su olor me provoca. Carne roja y jugosa. Paladeo el sabor con mi lengua. Tu sabor. En mi boca. Eres una de mis obras de mi arte. Pintaría un cuadro con tu sangre. Haría una escultura abstracta con partes de tu cuerpo. Pero tu corazón, ese es para mí. Lo siento en mi mano. ¿Qué había en tu corazón?. ¿Quién vivía en él?. Será mío, lo voy a saborear. Siento como se deshace en mi boca. Mastico y trago. Trago y mastico. Mi sangre lo repartirá por mi cuerpo. No, no debiste decirme que te ibas. ¿Por qué buscaste otros brazos?. ¿Otra cama?. ¿No era suficiente para ti?.


Mira en que me has convertido. Hay un grito que acuchilla mi garganta. Oleadas de rabia, de terror, de asco. El vómito pugna por subir a mi boca. 



Tu corazón ha acabado en el retrete.El mejor lugar para él. Me odio. ¿Qué he hecho?. Yo era feliz. A tu lado. Eras mi musa. Me enamoré cuando miré dentro de tus ojos. Tan podrida e imperfecta como yo. El uno para el otro. Pero querías salir huyendo. NO. No podías huir de mí. Tú eras mi arte. Yo acabé de modelarte. Mi obra maestra. Pero no quería destruirte. Lo cambiaste todo. Todo se hizo confuso y otro tomó el control.



Has sido tú. Me miras desde el espejo con los ojos inyectados en sangre. Tú la has matado y yo la quería.



Yo también la amaba. Pero no debía de pertenecer a nadie más. No. Era nuestra. Y si no quería serlo debía morir. 



TE ODIO. Siempre te he odiado. Has hecho de mi vida un infierno. Me has convertido en el apestado con el que nadie quiere estar. Me torturaste con obsesiones insanas.



No puedes vivir sin mí. No puedes vivir sin ella.



Pues no viviré. 



Desahogo mi furia golpeándote. El espejo se astilla. Mis puños sangran. Mátame con tu filo. Devórame,  sombra. Acaba con mi corrupción. Libera al mundo del monstruo oscuro que soy. No puedo dejar de temblar mientras cojo uno de los cristales rotos. Una cuchilla que se clava en mí como un diente afilado. Corte en las muñecas. Corte en el cuello. En el muslo. Quiero acabar con esto ya. Espérame querida en las puertas del infierno. Prefiero una eternidad contigo en el fuego eterno que un día de vida sin ti. Espérame. Me siento débil. Un mundo desdibujado va desapareciendo tras mis lágrimas. Me estoy vaciando en un charco en el suelo. Rojo sangre. El color que más usaba en mis pinturas. Recuerdo aquella primera vez. Te hiciste un corte superficial sobre tu pecho para que pintara la sangre derramándose por tu piel. Recuerdo la oscuridad de tu mirada cuando dijiste que la maldad nos había unido. Recuérdalo ahora. La maldad nos ha unido y ahora nos mantiene unidos. He tocado fondo. 






Siempre mía
es un relato de Patricia Mariño.

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24 de octubre de 2013

Volver a nacer

Autoagresión adolescente

Sara siente como su cuerpo se relaja, su tensión ha desaparecido en ese momento y siente la languidez que la embarga después del orgasmo, desmadejada, y ahora después de la urgencia, vacía.

-¿Ya estás tú también no?.-le dice él y se retira.


Sara calla, y se queda quieta con la mirada perdida. Oye como él le habla, haciendo cumplidos absurdos, como por compromiso. Es mayor que ella, no sabe cuánto exactamente, pero intuye que rebasa los treinta. Es fácil encontrar un hombre para estos momentos, ellos siempre tienen ganas, y a muchos poco le importa quién seas y cuántos años tengas. Ahora es cuando después de la ceguera, del ansia por disolverse, le sobreviene la angustia, la sensación de desprecio por sí misma. Pensar que ese desconocido la ha invadido de esa forma le hace sentir mal. Como siempre. Ahora tiene ganas de llorar, o de cosas peores.

-¿Qué hora es?.-le pregunta Sara.

-Las tres de la mañana.

-Mierda.-se levanta con rapidez y empieza a vestirse.-tenía que estar a las dos en casa.

-Pero, ¿tú cuántos años tienes?

-Dieciséis.-le dice apresurándose.

-Podías habérmelo dicho antes, ahora ya ni se sabe la edad qué tenéis tal como vais, con esa ropa y ese maquillaje. Si fueras mi hija...

-Ya.-responde ella de forma seca.

El tío empieza a fijarse en las cicatrices que tiene en los brazos.

18 de octubre de 2013

Volver a sentir

Mujer ante el espejo, de Pierre Bonnard
El verano irrumpe impetuoso despertando a la fuerza a los durmientes del sueño invernal. El sol, derrite el frío de la brisa y las nubes huyen despavoridas ante esta repentina autoridad.
Sara, un día más, hace que dormita en su cama, sus ojos está hinchados y rojos, cada noche se rompe en lágrimas. Hace casi dos años que ha muerto su amante esposo, dejándola viuda a los treinta y cuatro años, llevándose con él su pasión y sus ganas de vivir. Sara ha estado deambulando como un fantasma y su piel se ha vuelto una gruesa corteza de hielo. No ha hecho más que ir muriendo cada día un poco más.
Se queda tumbada con el corazón brincando en el pecho, revelándose ante la falta de emoción. Fuera, se escucha el despertar de la vida después del frío invierno. Siente unas súbitas ganas de observar el bullicio exterior. Se incorpora lentamente, se lava el rostro y se peina. Está ante el espejo, pero no se ve, es igual que esté o no hermosa. Abre la persiana, la puerta y sale al balcón, allí se queda acodada mientras el sol acaricia su piel intentando derretir su hielo.
Sara observa desde su fortaleza como se desenvuelve el mundo a su alrededor. Los niños chillando en el parque de enfrente, parejas que pasean agarrados de la mano o que se paran en una esquina para beberse los ojos y besarse. Siente un aguijón en su corazón, recuerda como la miraba Juan, como si no existiera otra mujer en el mundo, como si su belleza le colmara y no necesitara nada más, le hacía sentir preciosa, importante, plena. Una solitaria lágrima abre camino por su rostro, por si sus compañeras se animan a seguirla.
Huele a azahar y a hierba recién cortada, huele a vida, a ilusión, a amor y a deseo. Siente punzadas en la parte baja de su vientre y se da cuenta que tiene un apetito voraz que no se sacia con comida. Necesita sentir, le duele el cuerpo tanto tiempo insensible. Mira de forma curiosa a los hombres solitarios que cruzan bajo su ventana y fantasea

11 de octubre de 2013

La vecina del tercero

Mujer con lo labios pintados de rojo
Ella era una mujer hermosa, pero para mi gusto demasiado azucarada, vistosa y en ocasiones hasta vulgar, a pesar de eso, mi vecina, hacía que sintiera una curiosidad demasiado intensa hacia ella. Aparecía siempre acompañada de un hombre diferente riendo de forma escandalosa por la escalera, enfundada en vestidos que parecían salir de otra época, con peinados imposibles y maquillajes de colores vivos. Cuando nos encontrábamos apenas me miraba y parecía andar con un vaivén de caderas estudiado y una mueca artificial en su bonito rostro. A veces me gustaría reírme de ella, pero no podía, sentía una especie de magnetismo absurdo, pues no era en absoluto mi tipo y algo en el aire que la envolvía me hacía sentir una especie de tristeza al verla.
Una tarde de primavera, en la que llovía torrencialmente, mi vecina irrumpió en el portal de forma brusca, yo estaba cogiendo mi correo y la vi, cerrando la puerta de golpe y apoyándose sin aliento en ella, estaba empapada, el maquillaje corrido en su rostro, con el peinado deshecho y gotas de lluvia cayendo por doquier hasta el suelo. Su mirada se clavaba en el suelo libre de cualquier artificiosidad, su boca estaba entreabierta respirando agitadamente. Nunca había estado tan hermosa.
-¿Podría ayudarle en algo señorita?.
Ella se estremeció, no se había percatado de mi presencia. Por un breve instante intentó armar una de sus

3 de octubre de 2013

El hogar de los sueños

Dos mujeres besándose - Egon Schiele
Por fin había encontrado el lugar ideal, le pintó las paredes con colores de anochecer y amuebló con originalidad cada rincón de su nuevo piso. Cuando Clara regresó se encontró en un país de ensueño, a veces, al girar la cabeza, parecía que un hada traviesa se escapaba revoloteando.
-¿Cómo lo has conseguido, Laura?.-le dijo Clara asombrada.
-Cada vez que colocaba o pintaba algo pensaba en qué cara pondrías.
Después de dos años en Inglaterra Clara había vuelto, a veces temía que Laura ya no la amara, pero ella, en cambio, le había recibido con la sorpresa más maravillosa, un hogar de cuento de hadas hecho a la medida de las dos. Se fundieron en un abrazo cálido y sensual y decidieron estrenar la cama hecha de rayos pálidos de luna. Cuando emergieron de aquel mar de sábanas de seda, sonrieron y se abrazaron, miraron el techo en el que empezaban a aparecer las primeras estrellas.
-No necesitaría salir nunca de aquí.-le dijo Clara muy bajito. Has creado un paraíso y contigo tengo más que suficiente.
-Pues no salgamos.-le dijo Laura juguetona.
Clara era feliz, por fin, después del infierno en otro país sin ella, pero tenía miedo, algunas noches eran muy largas y su cama estaba muy fría, hubo otras, unas cuantas. ¿Y si no podía perdonarla? ¿Podría romperse esta perfecta burbuja de felicidad? Clara tomó el dulce rostro de Laura entre las manos, esa mirada limpia, esa sonrisa sincera, si le dijera la verdad la destrozaría. No podía. Cerro los ojos y la besó tiernamente mientras decidía callar para siempre sus múltiples engaños.




El hogar de los sueños es un relato de Patricia Mariño.



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26 de septiembre de 2013

Amantes

Los desnudos, de Fernando Ureña Rib
En sus besos había un fuego que no apagaba el paso del tiempo. Cuando sus miradas se cruzaban, sus ojos se decían secretos que sólo ambos conocían. Caminaban juntos por la vida, a la par, sin tensión, sin dolor, eran compañeros, amigos, amantes. Cuando salían a cenar observaban las parejas en los restaurantes, intuían las más recientes y hacían sus propias apuestas sobre las que no durarían, lo veían en sus ojos, en su forma de tocarse, de mirarse, sabían quienes eran solamente un capricho del momento. 
Se habían conocido en la adolescencia, esa época inconstante en la que un amor puede ser lo más importante del mundo aunque termine en un fin de semana. Ella era más bien poca cosa, tímida, estudiosa y poco popular, ningún chico se fijaba nunca en ella, aunque sus suspiros se hallaban magnetizados en sueños de amor que se quedaban sin cumplir, en un baúl, junto a tantas ilusiones rotas. Él, en cambio, era uno de los chicos malos de la clase, un guaperas que se las llevaba de calle, un poco canalla, le gustaba jugar al seductor, pero no conservaba mucho tiempo a la misma chica. Ella fantaseaba a veces con él, como podría hacerlo con un actor. Él casi ni sabía que ella existía, tenía su imagen desdibujada en el montón de gente sin importancia.
Se volvieron a encontrar ya en la treintena, después de vivir amores amargos, destructivos, dolorosos. Al principio no se reconocieron, no se recordaron en esos ojos endurecidos. Se atrajeron. Se comprendieron. Se enamoraron. 
Llegaron a los cincuenta con la misma ilusión del primer día. En la intimidad del hogar jugaban a explorar los

19 de septiembre de 2013

Amante melódica


Todo comenzó el día en que Ruth le dejó, Mario estaba allí, confuso y aturdido, mientras observaba como se alejaba aquella bruja de piernas largas y corazón de hielo. A partir de aquel momento tuvo que lidiar con una soledad absurda después de cinco años de relación. Se dio cuenta de que ya no podía dar rienda suelta a esa pasión que se iba amontonando dentro de él y que hacía que los nervios le comieran por dentro. Fue así como volvió a pensar en ella, la había abandonado en casa de sus padres y se sintió culpable. Tanto tiempo sin dedicarle su tiempo, sin arrancar notas que jugaran con sus oídos. Volvió a rescatarla y desde entonces no se separó de ella. Calmó todos esos sentimientos que le empujaban los órganos internos y que no le dejaban en paz. Vertió en ella sus frustraciones convertidas en melódicas protestas contra el amor. La tomaba en sus brazos, con sus perfectas curvas y las cuerdas a las que acariciaba con dulzura como cabellos sedosos de una delicada amante.

12 de septiembre de 2013

Noche de invierno

Fotografía de © luisbeltrán 
Es una noche muy fría, una noche de invierno como muchas otras, con la luna llena reinando en un firmamento plagado de estrellas. La calle está inquietantemente solitaria y silenciosa. Los coches aparcados brillan blanquecinos por la escarcha. De repente entra en escena una mujer joven. Parece tan frágil y pequeña en esa noche antártica. Los tacones resuenan dando buena cuenta de su presencia. Acaba de salir del piso de su novio después de una cálida noche de pasión, el aire frío le abofetea la cara. Se arrepiente nada más salir de no haberse aprovisionado de ropas y demás objetos para pasar la noche con él. Su chico intentó convencerla de que se quedara y ante su negativa firme se ofreció a acompañarla, ella objetó que sólo vivía a una calle de distancia.
A veces se arrepiente de ser tan cabezota, echa de menos que él estuviera a su lado, abrazándola para dar calor a su frío cuerpo, y brindándole compañía para alejar a los miedos que ahora le acechan. De repente escucha unos pasos detrás suyo, su corazón empieza a palpitar a gran velocidad sin ninguna razón. Para calmarse decide cambiarse de acera, y para colmo su perseguidor también se cambia. Empieza a sentir miedo, está pensando en sacar el teléfono móvil y llamarle para que baje a acompañarle, pero sabe que no tiene ningún fundamento, no quiere molestarle. Sigue caminado inquieta, arrebujándose bajo su abrigo. Pronto vislumbra el portal de su casa, acelera el paso impaciente por llegar. Los pasos se aceleran detrás suyo, su corazón empieza a desbocarse, tiene miedo, demasiado. Empieza a correr para llegar cuanto antes, y los pasos empiezan a sonar cada vez más rápidos y más próximos, está al borde del colapso nervioso, las lágrimas asoman a sus ojos. Su perseguidor la alcanza a sólo tres metros del portal, la abraza por detrás, ella grita y el sonido se esparce por la ciudad silenciosa. De repente le tapan la boca con una mano, que siente cálida contra su cara y le susurran al oído:
-Calla tonta que soy yo. No quería asustarte. Simplemente te estaba acompañando porque estaba preocupado por ti.
Ella se suelta y le mira, no sabe si reír o llorar, pero al final las lágrimas de la tensión acumulada se desbordan y le pega suavemente con sus puños en el pecho mientras le dice:
-”Idiota, idiota, idiota”
Él le abraza y la besa susurrándole varias veces que le perdone. Se quedan así un momento bajo la mirada sonriente de la luna.
-Venga.-le dice él de repente.- subamos que me quedo a dormir contigo.


Noche de invierno es un relato de Patricia Mariño.

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5 de septiembre de 2013

Caminando hacia atrás, te marchaste

Flores caídas en el suelo
Flores mustias caídas en el suelo, mientras mi mirada se desliza sin importarme sobre ellas ausente, impasible, fría. El eco de tu voz todavía resuena en el piso, vacío y roto sin tu presencia, pero ya no me importa. En el fondo sabía que eras un ave de paso, que emigrarías ante las heladas dificultades a otros climas más cálidos, menos exigentes, donde no tuvieras que ser responsable. Eras risa fácil, mano ligera, labios zalameros, me conquistaste con la facilidad que confiere la práctica, hombre de muchas mujeres y a fin de cuentas de ninguna.
Me fascinaste como a una niña, me entregué a tus habilidades, a tus placeres, sin reserva, sin cuidado, me moldeaste a tu antojo con tus manos sobre mi cuerpo. Me llenaste de ti y yo te recibí sin saberlo. Prendiste tu semilla de mala hierba en mí y cuando lo supiste te fuiste, sin mirar atrás, como un ladrón en la noche. Ilusa mujer adulta, tonta como una quinceañera. Navegarás ahora en otras aguas menos turbulentas, no oirás preguntas indiscretas sobre tu hora de llegada, no oirás reproches diciendo que vas a ser padre. Vuela pájaro, tú que no llevas dentro las consecuencias, yo sabré ser madre y padre, y si es un niño de voz conquistadora aprenderá a no ser como tú. Se me apagó la luz de los sueños, ahora he de agarrarme a la cruda realidad.



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