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29 de agosto de 2013
Horas oscuras
Eran las cinco de la madrugada, Nuria observaba la ciudad desde la ventana, con la frente apoyada en el cristal y sus ojos negros y profundos escrutando cada rincón de la calle, fijándose en los pocos transeúntes que había. Imaginaba sus historias, todas trágicas y retorcidas, cualquier cosa con el fin de consolarse. A su espalda yacía un hombre en una cama revuelta, su amante, su camello, su dueño a fin de cuentas. Sus brazos eran como alfileteros, marcas de posesión más fuertes que algunas alianzas matrimoniales. El reflejo de su rostro se adivinaba en la ventana, pero ella esquivaba su mirada, no era capaz de mirarse a los ojos y ver toda la basura que se asomaba detrás. Se aventuró y observó sus facciones, desdibujadas y transparentes, con las luces de la ciudad detrás, recordó el rostro de sus padres mezclados en el suyo y sintió vergüenza y tristeza. Hace tanto que se habían marchado, soltaron su pequeña mano y la dejaron perdida y confusa, la dulce niña que había sido se convirtió en una fiera difícil de manejar.
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