Aquí estoy, perdido en medio de esta multitud, aburrido y fuera de lugar, con una copa de champán en la mano. Gente elegante se mueve alrededor de mí saludándose y hablando, mientras yo me encuentro solo. De repente, ella entra en mi campo de visión. Lleva un vestido rojo de noche que se ajusta a sus sugerentes curvas. Su pelo es largo y lo lleva suelto cayendo en suaves ondas. Su cara es de porcelana y en ella destacan sus jugosos labios pintados de rojo.
Lo que más llama mi atención es que permanece sola, apoyada ligeramente en una columna, con la copa en su mano y la mirada ausente. Su barbilla está un poco elevada, por lo tanto no se siente cohibida, ni quiere pasar desapercibida. La imagen que da, es la de una mujer segura de sí misma y un tanto misteriosa. De repente, ella capta mi mirada, la mantiene unos segundos y después la desvía frunciendo el ceño.
Vaya, la he contrariado, seguro que piensa que soy un baboso que se la está comiendo con los ojos, y la verdad es que mucho no se equivoca.